No necesitó siquiera besarla para que dijera que sí.
Fue más bien una orden disfrazada de plegaria. A los minutos
ella ya estaba vestida con un traje de circo. Se paró sin
miedo frente al tablón y cerró los ojos. Lo último que vio fue a él con un
puñado de dagas destelleantes en sus manos. Los aplausos y un silencio súbito
le indicaron que el espectáculo comenzaba. Pero las dagas prefirieron el calor invitante de su carne a la madera vieja y crujiente.
Él retirará cada uno de los cuchillos mientras múltiples cascadas de sangre descienden sobre la piel de la enamorada.

This
work is licensed under a
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.