jueves, 14 de julio de 2011

140711

Admito que me sorprendió la primera vez que comenzaste a deshojar y a masticar los pétalos de la rosa que te regalé. Tus labios y tu lengua tomaron un color escarlata tenue, pero que hizo que te vieras inmensamente
hermosa al sonreír. En ese instante supe que nuncaquerría separarme de ti. Desde ese día trato de regalarte una rosa o dos cada domingo. Algo así como tu postre de fin de semana. Y no es una rosa cualquiera, no.
Es una rosa sembrada por mí en mi propio jardín. Incluso yo la alimento, sí. Diariamente mezclo unas gotas de mi sangre con el agua que les doy de beber para que con cada pétalo estés también comiendo una parte de mí. Ya imaginarás lo que siento cada vez que lo haces, es como si viera todo en cámara lenta de tanta excitación que me produce saber que te estoy alimentando. Tú lo haces tan sonriente, tan ignorante de todo. Tu sangre con mi sangre siempre juntas. La más perfecta dosis dominical. Jamás te lo diré. Será un secreto entre las
rosas y yo.


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miércoles, 13 de julio de 2011

130711

Soñé con una sirena y no he podido sacarme su canto de la cabeza. Tenía una cara tan hermosa que no sabía si era terror o fascinación lo que me provocaba. Jamás había visto un cabello tan hermoso ni una piel con ese color tan extraño. Era un blanco sin vida, un blanco absorbido por el mar. De permanecer un poco más en el sueño hubiera... podido ver su corazón. Incluso sus pezones tenían cierta transparencia. Escucho su canto a todas horas, no puedo concentarme. Lo tengo rodeando mi cerebro, de punta a punta entre mis oídos, incluso cuando abro la boca estoy seguro que dejo escapar una ligera melodía. He optado por dejar de hablar. Abro la boca para lo indispensable con temor a que se escape otra nota aguda y tormentonsa, para evitar que otro hombre la escuche ypierda poco a poco su voluntad. Anoche até mis pies y permanecí horas en la bañera tratando de sentir como ella. El agua y el frío comenzaron a volverme loco. Jamás mi cuerpo había estado tan arrugado. Pero el canto sigue y yo no puedo detenerlo. Tengo que encontrarla.



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120711

Pocas personas han visto París de cabeza desde la punta de la Torre Eiffel. Admito que lo hago para preocuparte, para que por un momento te imagines cómo sería la vida sin mí y trates de impedir que mi sangre manche el Champ de Mars. Pero tú sólo sonríes, apuntas la cámara hacia mí y te alejas fumando tu cigarrillo. Te confesaría que más de una vez guardé en el bolsillo de mi pantalón las boquillas manchadas por tu labial rojo y espeso que hacía resaltar tus dientes minúsculos y separados. Atesoraba cualquier cosa que tuviera que ver contigo. Pero en este momento, tal vez por el viento frío o porque realmente siento roto el corazón, mis lágrimas caen sobre la cabeza de los turistas y por un segundo les hacen creer que la lluvia está por soltarse. Tu frialdad te permite seguir caminando sin volver la mirada hacia mí, pensando "ese cobarde trapecista jamás se atrevería", esperando que mi mano sudorosa tome la tuya en cualquier momento. Pero esta noche es mejor que te prepares para actuar sola la función

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lunes, 11 de julio de 2011

110711

Dices que me quieres, que nadie te ha hecho sentir como yo y que tampoco nadie había hecho tanto por ti. Pero, ahora que te observo, no sé si vales la pena. Me domesticaste, me hiciste un hombre de ciudad. Y no de cualquier ciudad. Me volviste un ciudadano de Los Ángeles. Me presumiste ante tus amistades estrellas de cine, ante músico...s, artistas y demás personalidades que comenzaron a usar barba poblada y grandes cabelleras, haciendo de mí un ícono de la moda. De pronto, yo estelarizaba las películas más taquilleras del verano, amenizaba las mejores fiestas y todos querían estar a mi lado. Me volví millonario. Cambié los plátanos de mi desayuno por champaña y huevos escalfados. Comencé a usar reloj y a preocuparme por el tiempo y por mantener una buena figura y caminar derecho y usar las mejores marcas. Hasta me bronceo regularmente. Soy todo un californiano. Envolviste todo en un manto de amor y de felicidad de cuento de hadas. Y yo sólo quería complacerte, verte sonreír, retenerte a mi lado. Sin embargo, ayer que estaba cogiéndome a la sirvienta, extrañé mi lado salvaje. Extrañé andar desnudo trepado en los árboles, comer sin cubiertos, tener sexo a cualquier hora, en cualquier lugar, sin tanto protocolo y sin tanto pudor. Extrañé espulgar a mi pareja, tú no tienes nada de pelo en donde, por naturaleza, deberías tenerlo. Le temes demasiado a tu lado animal y haces todo lo posible por alejarte de él. Bastaría que pensaras, querida, que usaras ese razonamiento del que ustedes tanto presumen. Para mí, ya no eres más que una mona sin pelo y con buenas nalgas, algo tendría que adoptar de los hombres de aquí, pero que no sobreviviría en mi mundo. Es más, vamos invertir los papeles, vamos a ver qué tanto verdaderamente me quieres.
 

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080711

Estás enamorada de alguien que odia su rostro. Ya sabes que pienso que mi rostro seguramente es la cosa más desagradable del planeta. Del universo. De todos los universos. Te he hecho quitar todo los espejos de nuestra casa porque no soporto mirarme en ellos y ver ese par de ojos pequeños, minúsculos, con apenas unas cuantas pestañas para protegerlos. Y luego mi nariz, encorvada, gigante, llena de pelos y de sabe qué tantas otras cosas que se introducen cuando duermo. También están mis labios y mi lengua descolorida y mojada y resbalosa e incómoda. ¿Cómo te puede gustar tanto besarla? El cuerpo humano es maravilloso pero también es un contenedor de asquerosidades. Aunque si debo confesarlo, hace tanto que no veo mi cara que poco a poco he ido olvidándola. La descripción anterior podría ser entonces bastante imprecisa. Sólo tú lo sabes. Pero como ya lo dije, odio mi rostro y estoy por hacer algo al respecto. Aunque no estoy muy seguro de lo que ganaré sosteniendo un globo frente a mi cara mientras me tomas esta fotografía.
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jueves, 7 de julio de 2011

070711

Estoy más flaco que nunca. Tengo una semana con dolor de cabeza. Mi piel está amarilla. Ya perdí la cuenta de cuándo fue la última vez que hablé con alguien, más allá de comprar cigarros o alcohol o de un ocasional "disculpe" en la calle. No sé por qué todos se extrañan tanto de que trate de entablar una conversación con ellos. Sé que ...mi aspecto no es el mejor, pero tampoco soy un monstruo. Hoy, mientras trataba de lavar mi cabello a la orilla del río, un hombre me pateó la espalda. Obviamente caí al agua. Tuve que permanecer horas y horas con la ropa pesada en una tarde de esas en las que el frío apenas comienza pero el cuerpo lo resiente de inmediato. Mi cuerpo está hirviendo pero estoy sudando. Tengo sed. Hay un niño pequeño jugando en una esquina del cuarto y creo que soy yo cuando tenía seis años. Que triste me veía a esa edad. Este sillón es realmente incómodo. Acaba de entrar el hombre que me pateó pero ahora trae una pistola en la mano. La recarga en el medio de mi frente. Siento el metal extremadamente frío. Me agrada. Él me dice que la escoria como yo no se puede salir con la suya. Le digo que me perdone, que nunca tuve intenciones de hacerle daño, yo solamente jugaba con ella, pero empuja con fuerza la pistola en mi piel y creo sentir dolor. Estoy sudando. No defino bien la figuras. En el cuarto hay una nube gris inmensa que vuelve espesa la realidad. Cierro los ojos. Alguien llegará a rescatarme en cualquier momento.

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miércoles, 6 de julio de 2011

060711

Su cuerpo delgado luchaba por llegar al fondo, pero la falta de aire le recordaba que era a la tierra a donde pertenecía. Su piel dorada era la más hermosa que había visto, cubierta de vellos rubios todavía finos, lo que le daba un aire infantil que contrarrestaba lo seductor de sus ojos azules. Dieciséis años parecen mucho cuando se tienen, pero él no era más que un pupilo obediente y deslumbrado por mí y por lo que le enseñaba del mundo. Confieso que no eran más que frases baratas inventadas en el aire, pero que lo hacían sonreír y mostrarme esos dientes grandes y blancos que me recordaban las conchas que crujían bajo mis pies en Río de Janeiro. Verlo mojado y envuelto en ese olor a mar me obligaba a tomarlo de la mano y esconderlo por horas enteras en mi alcoba. Nunca olvidaré las tardes infinitas en las que mis labios sabían a sal y a sol y se convertían en un ladrón que robaba inocencia.
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martes, 5 de julio de 2011

050711


Antes de responder, miró la expresión feroz con la que el lobo posaría hasta que alguien lo tirara a la basura o lo quemara o hiciera lo que se tiene que hacer para destruir un animal disecado. La voz en el teléfono gritaba pero ella no alcanzaba a articular palabra alguna. Pensó en su muerte y en que tal vez llegaría más pronto si contestaba ese "Sí" que ansiaba el hombre al otro lado del aparato. Imaginó su última expresión. No sabía si moriría en esa cabaña o dentro de 30 años. Quiso pensar cómo sería pero nadie enlista nunca posibilidades de muerte.
Se visualizó observada así como ella observaba al lobo. Sin comprender bien por qué, pensó en la que sería su última fotografías mientras alejaba cada vez más el auricular de su oreja. La voz volvió a gritar y ella regresó de su inconsciencia. Su mano temblaba mientras con un aliento casi imperceptible murmumaba la palabra "Sí"
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lunes, 4 de julio de 2011

040711

-¿Qué es esto?
-Magia negra.
-Eso es del diablo.
-El diablo no existe, es simplemente el mal.
-Ya acepta que él no está contigo.
...-Quiero que se muera.
-¿No te da miedo?
-No. Quiero escuchar cómo se quiebra hasta el
último hueso de su cuerpo.
-¿Y qué vas a hacer después?
-¡Cállate! Siento que alguien nos escucha...
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viernes, 1 de julio de 2011

010711

Lo delataron sus dedos manchados de negro. Otra vez se había levantado sonámbulo. Otra vez repetía patrones que al despertar no significaban nada. Nueva York parecía el lugar indicado, pero la paranoia no disminuía. Tantos años de dormir de día y vivir de noche transformaron a un hombre normal en una especie de autómata desahuciado. Cada una o dos noches era lo mismo, una historia contenida en un hoyo negro que todos recordaban menos él. Al otro día siempre un desconocido que lo saludaba como a un viejo amigo. La paranoia crecía y las sospechas de conspiraciones trastocaban cada vez más la realidad del individuo. Empacó sus pocas cosas y se fue sin sospechar que una nueva ciudad lo esperaría con nuevas noches de sonambulismo y más habitantes que conspirarían en su contra.
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jueves, 30 de junio de 2011

300611

Fue así como el hombre sin cara la encontró con la cabeza sumida en la entrepierna de otro. Mientras imaginaba lo que sería sentir una lágrima cayendo por sus mejillas, él se asumió culpable del hecho. A fin de cuentas, una mujer necesita un rostro del que aferrarse.
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290611

No necesitó siquiera besarla para que dijera que sí.
Fue más bien una orden disfrazada de plegaria. A los minutos ella ya estaba vestida con un traje de circo. Se paró sin miedo frente al tablón y cerró los ojos. Lo último que vio fue a él con un puñado de dagas destelleantes en sus manos. Los aplausos y un silencio súbito le indicaron que el espectáculo comenzaba. Pero las dagas prefirieron el calor invitante de su carne a la madera vieja y crujiente.
Él retirará cada uno de los cuchillos mientras múltiples cascadas de sangre descienden sobre la piel de la enamorada.
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lunes, 27 de junio de 2011

lunes, 16 de mayo de 2011

Tú eres todos.

Desde la media noche de mi cuarto
te conjuro
-hombre de medianos conflictos-
y te exhorto a que te vistas 
de vida.
No intentes acostumbrarme 
a tus desprecios
no quiero atraparte 
entre mis redes
(ni que fueras monstruo marino).
Lo que sí me gustaría
es jugar con tus barbas más seguido
y hacer figuritas en tu cuerpo
con mi lengua de víbora.
Puedes estar tranquilo
tampoco pretendo 
hacer un río subterráneo
con la última gota 
de tu semen.
Sólo pido un lugar
junto a tu cuerpo
algunas veces
en este invierno
y después -lo prometo-
regresarte a la muerte.

                                      Silvia Tomasa Rivera.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Sleepless in la Roma

La luz del noveno piso sigue encendida, estoy despierta también, yo con la luz apagada, dolor de cabeza y sin indicios de dormir pronto. La luz del noveno sigue encendida y yo quiero ir a tocar esa puerta, porque la ventana del piso nueve se desvela conmigo noche a noche, apaga la luz y yo la prendo, prende la luz y yo la apago, jugamos, yo en el uno y el nueve allá arriba.

La luz del noveno piso sigue encendida, no creo que se desvele por pensar en quién sabe quién, no como yo, o por dolor de cabeza o porque la soledad le moleste sobre el colchón, el nueve arriba y yo abajo, en el uno.

En el nueve hay luz y no hay culpa por estar despierto, el insomnio no existe y no hay nada esperando, nada que exija la alerta matutina, el desayuno o las horas convencionales; yo, en el uno, oculto mi insomnio, lucho contra él y una parte de mi espera que mi mamá se asome y me diga "ya duérmete". Yo en el uno estoy sin dormir porque alguien me recordó que era vulnerable aún, sigo sin dormir porque alguien me recordó que ese caparazón es algodón disfrazado de piedra, yo en el uno sigo despierta porque quiero estar allá.

Encendí la luz y el nueve la apagó, la encendió de nuevo, yo la apagué y la prendí y la apagué de nuevo, el nueve la apagó y no la volvió a encender, pasaron los minutos, yo miraba su ventana con la sonrisa de un niño de cinco años a punto de prenderle fuego a su colección de soldados de plástico, me quedé esperando, uno, dos, tres, cuatro... mi sonrisa se transformó en la de una niña de cinco años cuando se da cuenta que algún día, tal vez muy lejano, va a dejar de existir, pero la luz se encendió y yo prendí y apagué también mi luz, el nueve y el uno quedaron iluminados a las cinco de la madrugada...

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Sin título.

PRIMERA ESCENA

Oficina cualquiera. Hay dos escritorios, uno más imponente que el otro. Sobre el más elegante está una caja de cartón con varios artículos. En el otro se encuentra la secretaria.

EL LIC: (Mientras recoge todas sus pertenencias.) Así que ya sabe Lupita, si quiere que ese gato viejo que tiene adorne su mesita de centro, nomás deme un telefonazo y yo sabe, para usted va a ser libre de honorarios.

LUPITA: (Afligida) Ay mi lic., de veras que yo no sé qué tiene que andar haciendo removiendo tripas de animales y dejándolos tiesos, ay no qué horror, tan limpiecito usted y ahora va a andar todo lleno de sangre…

EL LIC: Así es esto Lupita, ya son 30 años de este trabajo, bendito el día en el que ese curso por correspondencia llegó a mis manos, era lo que había estado buscando por mucho tiempo.

LUPITA: Ay lic, pues lo vamos a extrañar mucho aquí, sobre todo yo que…

EL LIC: (Limpiándose la garganta.) Así es esto, Lupita, así es esto… además, ya tengo mi primer cliente, esto de anunciarse por el internet funciona rapidísimo. Y ya me voy Lupita, no quiero llegar tarde con mi paciente. (Ríe y camina para salir.)

LUPITA: (Se levanta mirando a EL LIC.) Suerte con sus animales, licenciado.

SEGUNDA ESCENA

Habitación en casa de EL LIC., adaptada con mesas largas e implementos que podría utilizar un taxidermista. Suena la puerta y entra una mujer con una bolsa donde estará el animal a disecar.

EL LIC: Pase señora Rodríguez, ¿este es el animalito? (Toma la bolsa.) No se preocupe, lo deja usted en excelentes manos.

SRA. RODRÍGUEZ: Su anuncio es bastante explicativo, lo único que espero es que esté listo para esta noche, entienda usted que debe estar al lado del ataúd de mi marido en su funeral.

EL LIC: Despreocúpese usted, juntos murieron y juntos se irán al cielo. Ante todo el profesionalismo.

SRA. RODRÍGUEZ: El profesionalismo y la suma extra que me pidió para tenerlo a tiempo.

EL LIC: Ehem… señora, comprenda usted, la rapidez tiene su precio…

SRA. RODRÍGUEZ: Ni usted tiene problemas para pedir dinero, y yo mucho menos para pagarlo. Tenga esta foto, quiero que luzca exactamente igual.

EL LIC: Muy señora mía, su marido quedará encantado al verlo, bueno… es un decir…

SRA. RODRÍGUEZ: Póngase a trabajar de una vez, mejor, yo misma pasaré a recoger a “Rufito”.

EL LIC: Pero qué excelentísimo nombre para una mascota, señora Rodríguez, la espero esta noche.

La SRA. RODRÍGUEZ sale.

EL LIC. saca la mascota de la bolsa y la pone sobre una de las mesas. Coloca al lado un libro donde estará tomando las instrucciones para disecar al animal.

EL LIC: (A medida que va leyendo las indicaciones las va realizando sobre el animal.) Escalpelo… listo. Tijeras… listas. Pinzas… listas. Qué pocos instrumentos se necesitan para realizar una bella obra de arte.

Uno: realizar una incisión entre las orejas con el escalpelo hasta antes de llegar a la cola… ah, qué suave se desliza este bisturí, pobre animal, que ridículo se va a ver parado a un lado del féretro de su amo, las excentricidades que se le ocurren a los millonarios… total…

Dos: retirar cuidadosamente la piel hasta llegar a las patas, quebrar el hueso y cortarlo con las tijeras para no dañar el tejido… y esa señora Rodríguez sí que está bien, yo me aventaba a ser el Quijote de esa Dulcinea, y luego con esa fortuna, sin problemas podría dedicarme a desollar animalitos y ponerlos en un pequeño pedestal…

Pero qué desagradable sería vivir sin piel, bastante fea está esta cosa, además, éste se murió con la panza llena está muy bien alimentado, qué triperío…

EL LIC se asusta y deja caer al suelo sus instrumentos.

EL LIC: ¿Pero qué diablos hacen tres dedos en el estómago de un gato? Que yo recuerde la señora Rodríguez los tenía completos (Ríe burlón.) ¿Y ahora qué hago? No puedo dejar el trabajo a medias, me pagaron un lanón, pero unos dedos…

Se oscurece el escenario. Cuando vuelven las luces, se ve sobre la mesa el trabajo terminado. Suena el timbre, entra la SRA. RODRÍGUEZ

SRA. RODRÍGUEZ: ¡Pero qué precioso! Ha hecho usted una obra de arte.

EL LIC: Muy bien portada su mascota señora Rodríguez, lo raro fueron los dedos que encontré adentro de sus intestinos…

SRA. RODRÍGUEZ: ¡Maldito Jaime! ¿No pudo pensar en otro lugar que no fuera el estómago del gato para esconderlos? Estúpido mayordomo…

EL LIC: Mire, no voy a preguntar que fue lo que pasó, pero tendremos que llegar a un acuerdo…

SRA. RODRÍGUEZ: Dígame cuánto quiere…

EL LIC: No es cuánto quiero, sino qué quiero señora Rodríguez.

La SRA. RODRÍGUEZ observa fijamente a EL LIC mientras abraza más fuerte al animal disecado.

SRA. RODRÍGUEZ: Explíquese.

EL LIC: Sabe muy bien a lo que me refiero, ya estamos grandecitos y para que le niego que desde que vino y trajo a Rufito me quedé pensando en lo bien que queda a usted el luto.

SRA. RODRÍGUEZ: Alguien como usted preferiría el dinero, dígame la cantidad… Y además, precisamente por mi luto y por que voy en camino al funeral de mi esposo debe tener un poco más de respeto.

EL LIC: Fui abogado por más de treinta años señora, y eso que acabo de ver no es para nada normal, o usted accede, o marco a la policía, y eso de qué tan pronto esté de vuelta con su marido depende de usted…

SRA. RODRÍGUEZ: Siempre se puede alegar defensa propia y más si se sabe cómo manejar a un hombre…

EL LIC: Defensa propia es lo que le estoy proponiendo, usted saldrá de aquí libre de toda culpa.

SRA. RODRÍGUEZ: ¿No me va a dejar otra opción, verdad?

EL LIC se acerca mucho a la SRA. RODRÍGUEZ y comienza a acariciar al gato. Se lo quita de las manos mientras comienza a acariciarla y besarla. Poco a poco se acercan a la mesa y ella queda recargada en el borde. EL LIC la sube y al recargar ella sus manos toca la pinza entre los demás instrumentos. La SRA. RODRÍGUEZ la toma y mientras él la besa y acaricia sus piernas le toma dos dedos y los corta con la pinza. EL LIC grita, se observa la mano. La SRA. RODRÍGUEZ se baja tranquilamente de la mesa, se rasga el vestido y se rasguña el pecho.

SRA. RODRÍGUEZ: Recuérdelo licenciado. Siempre se podrá alegar defensa propia. Y quédese con Rufito, a lo mejor le sirve para guardar ahí sus dedos…

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jueves, 28 de abril de 2011

These are a few of my favorite things

Me gusta ensayar conversaciones ficticias que nunca suceden, concentrarme en alguien para comprobar que la telepatía funciona, el aroma del invierno cuando amenaza con llegar, el último bocado de cualquier cosa, acariciar a un perro, hablarle, hojear rápidamente un libro y aspirar el olor que despide, los posters de películas viejas, garabatear en una hoja de papel cuando mi mente está desconectada, escribir con mi mano izquierda por si alguna vez pierdo la derecha, caminar mirando al piso y tratar de no pisar las líneas, contar del cien al cero para dormir y tratar de acordarme al día siguiente en qué numero me dormí, salir a caminar en las mañanas frías y sentir ese cómodo fresco en la nariz, ver discusiones entre enamorados, calcular cuántas canciones me va a tomar llegar a algún sitio, las comidas picantes, el olor de las sábanas recién lavadas, aprenderme diálogos cinematográficos y repetirlos, morder, la incertidumbre, el dolor de un tatuaje, el color negro, enterrar mis pies en la orilla del mar y sentir un mareo cuando la ola se aleja, Londres, la voz de mi papá, contar mis pasos, contar más bien cualquier cosa, ver fotografías viejas, los museos de arte moderno, despertar en medio de un sueño y continuarlo cuando vuelvo a dormir, los días en los que pasa lo que menos me imagino, los ojos grandes, las canciones tristes, usar mis converse aleopardados en ocasiones de importancia, las caricias en la nuca, las noches de juerga que terminan cuando sale el sol, mirar el reloj y que la hora y los minutos sean iguales, leer una frase y sentir que abro más los ojos, leer sobre el signo zodiacal de ese que me gusta, saber a que sabe ese mismo al despertar, comer dulce cuando bebo cerveza, las calaveras de azúcar, sonsacar, el queso, el Guernica, buscar las tumbas más antiguas en los cementerios, encoger y estirar los dedos de los pies cuando estoy nerviosa, los hombres con mentón bien marcado, soltar las manos en las montañas rusas, los dientes derechos, despertar de una pesadilla, creer que nada es casualidad, las canciones que me enchinan la piel, las frases que me cortan el aliento, escribir, observar el cielo de noche en las carreteras, hacer reír, el drama, decir malas palabras, usar las uñas cortas, no arrepentirme nunca de nada, mi timidez, los deja vu’s, la carne asada, la playa en la noche, el agua, que me pongan nerviosa, la sombra azul en la barba de los hombres, que un aroma me traiga un recuerdo, por más viejo que sea, los tennis de colores, comer a escondidas cuando estoy a dieta, las bolsas de papel, el chocolate, no bañarme los domingos, Julio Cortázar, nombres largos como Sebastián y Leonardo, probar una bebida a sabiendas que está caliente, el ardor alrededor de los labios por unos besos con barba incluida, el calor de Sonora, mis amigos, dormir hasta tarde, los besos que empiezan tiernos y terminan salvajes, adivinar los sonidos que escucho en la oscuridad mientras trato de dormir, las fotos de personas con los sesos volados, con deformidades corporales, desmembradas, descuartizadas, las películas sangrientas, hacer listas de pendientes y no utilizarlas, tomar los mismos caminos cuando manejo o cuando camino, que pronuncie mi nombre ese que me gusta, los susurros al oído, los intercambios de fluidos, las modificaciones corporales, andar descalza en un piso frío, en la tierra mojada, en la alfombra, los hombres deprimidos, los letreros de neón, pensar que el corazón está hueco y se puede llenar, caminar de la mano, la temperatura de un cuerpo recién bañado, la posibilidad del infinito…
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Las líneas rojas


Flavio había perdido diez centímetros de estatura. Se dio cuenta cuando apretó los dedos de los pies para que sus mocasines negros pudieran permanecer en su lugar. En ese momento, el siempre abatido y cabizbajo Flavio no sabía que su 1.70 metros eran ahora 1.60, pero cada paso que arrastraba le repiqueteaba en su cabeza que algo anormal sucedía en él.

El regreso a casa no tuvo ningún otro contratiempo. Incluso el día en el consultorio no se destacó por inusual. Rayos X y niños temerosos, la misma perorata de siempre: —Es como si le tomaras una foto a tus huesitos—repetía Flavio una y otra vez, desde hacía ya más de diez años.

Sentado en la orilla de su cama, observó sus pies tratando de detectar un cambio. No entendía bien lo que pasaba, su pensamiento lógico no le permitía tomar en cuenta una alternativa tan anti natura como el encogerse. Culpó a sus muy delgados calcetines de la incomodidad en su calzado.

Esa misma noche, y tan inconsciente como el respirar, Flavio se paró de puntillas para alcanzar el café en la alacena. Lo tomó como lo toma siempre, negro, sin endulzar, soso, en una taza roja. De vuelta en su habitación, se puso su pijama y durmió del mismo lado que todas las noches.

A la mañana siguiente, las mangas de la camisa le llegaron a la mitad de sus manos. Sabía de casos en los que la ropa se hacía pequeña, e incluso cambiaba de color, pero no conocía ninguno en el que aumentara de tamaño. Esta vez, culpó a su dieta.

Usó una camisa de manga corta y caminó con frío y arrastrando los mocasines. Sus hombros delgados apenas daban forma a la prenda color gris que se vio forzado a portar ese día. Pero ahora ese cuerpo un tanto empequeñecido se adaptaba mejor al espíritu menguado que habitaba ese ser lento y suspirante.

Su rutina lo encaminó de nuevo a la alacena. Pasmado, Flavio no pudo alcanzar el frasco de café. Esta vez no había nada a qué culpar.

Caminó apresurado, porque no podría decirse que corrió, al espejo de su habitación. Se desnudó y al hacerlo sintió una incomodidad, casi pena consigo mismo, y se observó de pies a cabeza. Se vio transformado, no más flaco, no lánguido, simplemente más pequeño.

Permaneció de pie frente a su reflejo. Sintió un tirón en su pecho y se fue a la cama. Era la primera vez que se acostaba desnudo en ella. Sentía como si dentro de su cuerpo hubiera cientos de manos que le apretaban cada uno de sus huesos. Se quedó dormido con las manos entrelazadas.

Se soñó sentado en el sillón donde todas las noches tomaba café, la televisión encendida en el canal de costumbre, la taza frente a él, inalcanzable, en la mesita de al lado. Él era ya una pequeña figurilla, un soldadito de juguete que lloraba con las manos en la cara, su voz era un chillido imperceptible, no hacía nada, solo esperaba sentado en la orilla del inmenso asiento.

Despertó sobresaltado y tiró de un jalón las sábanas para observar su cuerpo. No estaba seguro si había cambiado desde la noche anterior, ni siquiera sabía desde cuándo había comenzado su cambio. No tuvo más remedio que pararse de espaldas a la pared y trazar una línea color rojo sobre su cabeza.

Tomó su cinta de medir y ahí fue cuando se percató de sus diez centímetros menos. Preguntarse cómo había pasado sería como preguntarse a qué había venido al mundo, y eso era algo que Flavio nunca se cuestionaba. Solo marcó una línea roja sobre la pared blanca, enseguida el número 1.60.

Enrolló cuidadosamente sus mangas, engrapó sus pantalones y con tres pares de calcetines rodeando sus pies se dirigió a su consultorio. Se sentía como en su cumpleaños, con la sensación chocante de que todas las miradas se dirigirían hacia él, pero nada pasó. Le extrañaba demasiado que nadie se percatara de que se estaba encogiendo.

El aire dentro de la pequeña sala de rayos X estaba caliente, seco, como si el aliento de cientos de bocas impregnara el lugar. Rayos X. Flavio miró el letrero y podría haber apostado que su disminución de centímetros se debía a los años frente a esa máquina radiactiva. —Soy un mutante—dijo en voz alta.

Flavio siempre había pensado en los mutantes como seres deformes, horrendos, pero nunca imaginó que viviría el resto de su existencia como uno de ellos. Y Flavio trabajó todo el día, no corrió a ver al doctor, no le dijo a nadie lo que le pasaba, aunque ese hecho haya sido lo único digno de contarse en su vida.

Camino a su casa pensaba mil y una formas de evitar su repentino enanismo. No le preocupaba cambiar de tamaño, lo único que temía era desaparecer por completo, estar sentado a la orilla del sillón sin alcanzar su taza de café y llorando con voz imperceptible.

No volvió a ir más al trabajo. Los días de Flavio se limitaron a medirse con el lápiz rojo. Las paredes de su casa parecían los muros de la celda de un reo esperando su regreso al mundo. No había rincón que no tuviera en el una línea roja y un número, el más pequeño que se encontraba, si se observaba con atención, eran los 53 centímetros. No volvió a estar tranquilo, cada dos o tres pasos una línea, cada dos o tres pasos, un número.

Su casa se veía ahora inundada de bancos de todos tamaños, en todas partes: a un lado de la alacena, frente a la estufa, en su closet… las sillitas aumentaban y su tamaño disminuía. Tampoco era raro ver colillas de lápices rojos, pedacitos de madera regados por el piso, cómplices de una existencia cada vez más microscópica.

No había día en el que Flavio no se encogiera.

La mañana en la que se encontró cara a cara con un ratón, recordó los días en los que realmente deseaba desaparecer, mucho antes de los rayos x, mucho antes de medir diez centímetros y que su compañía fueran basurillas color rojo y decenas de bancos.

Pero los ojos apurados del roedor le confirmaron todo lo contrario. Estar al ras del suelo no era su idea de esfumarse. Ya no sabía cuánto medía, ya no podía sostener un lápiz, era esperar sin poder hacer nada.

Esa noche, tras un esfuerzo gigante, logró subirse al sillón donde tomaba café, la televisión seguía encendida desde quién sabe qué día, en el canal de costumbre, a su lado, la mesita con la taza roja. No pudo hacer otra cosa más que llorar con un chillido imperceptible.

 A la mañana siguiente, con el sol iluminando la capa tornasol sobre el café en la taza, sólo se observaba un sillón vacío.
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La Luciérnaga


La luciérnaga se gesta en los infiernos. Su naturaleza es malévola, y los pocos hombres que han podido verla directamente a los ojos dan razón de ello. Se siente como si una mano te estrangulara desde adentro, dijo uno. El otro: Cuando nos vimos, mil pedacitos de cristal comenzaron a meterse entre mis uñas.
            Y es que esa alquimia luciferina con la que nacen embarradas sus barrigas y que las disfraza de bondad, de sueño y de felicidad es un anzuelo despiadado e irresistible para los machos de su especie.
            Pero la luciérnaga se ha puesto en huelga. Sus razones: el descrédito que canciones, poemas, cuentos y demás artes le han brindado a su género.
            Incapaz de ponerse al tú por tú con la naturaleza, volcó su rabia contra sus compañeros y hasta contra sus retoños. Y es que sencillamente no estaban en igualdad de condiciones.
            Ellos tienen alas; ellas son unos viles gusanos que aún con su resplandor maravilloso tienen que arrastrarse entre la porquería, escalar hasta lo más alto de los árboles y permanecer con el vientre encendido hacia el cielo para que alguien perciba esa necesidad de fecundación que tenemos todos los seres vivientes.
            Ella, dadora de vida, conservadora de la especie, pero rastrera e incapaz de volar; desconocida por el mundo, confundida con un simple gusano, está en huelga.
            A ellos todos los recuerdan, inspiran deseos y la gente corre tras de ellos para atraparlos, para iluminar dentro de un frasco las noches eternas de los tristes y de los enamorados y de los niños que los creen estrellas caídas.
            La luciérnaga dejó su resplandor en el olvido.
            Los machos se volvieron locos, sobrevolando los parajes cálidos, planeando hasta la salida del sol en busca de algún punto luminoso que los alertara de la cópula inminente y formando una alfombra de cadáveres exhaustos sobre la maleza verde y solitaria de cualquier lugar del mundo.
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