miércoles, 6 de julio de 2011

060711

Su cuerpo delgado luchaba por llegar al fondo, pero la falta de aire le recordaba que era a la tierra a donde pertenecía. Su piel dorada era la más hermosa que había visto, cubierta de vellos rubios todavía finos, lo que le daba un aire infantil que contrarrestaba lo seductor de sus ojos azules. Dieciséis años parecen mucho cuando se tienen, pero él no era más que un pupilo obediente y deslumbrado por mí y por lo que le enseñaba del mundo. Confieso que no eran más que frases baratas inventadas en el aire, pero que lo hacían sonreír y mostrarme esos dientes grandes y blancos que me recordaban las conchas que crujían bajo mis pies en Río de Janeiro. Verlo mojado y envuelto en ese olor a mar me obligaba a tomarlo de la mano y esconderlo por horas enteras en mi alcoba. Nunca olvidaré las tardes infinitas en las que mis labios sabían a sal y a sol y se convertían en un ladrón que robaba inocencia.
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