jueves, 28 de abril de 2011

These are a few of my favorite things

Me gusta ensayar conversaciones ficticias que nunca suceden, concentrarme en alguien para comprobar que la telepatía funciona, el aroma del invierno cuando amenaza con llegar, el último bocado de cualquier cosa, acariciar a un perro, hablarle, hojear rápidamente un libro y aspirar el olor que despide, los posters de películas viejas, garabatear en una hoja de papel cuando mi mente está desconectada, escribir con mi mano izquierda por si alguna vez pierdo la derecha, caminar mirando al piso y tratar de no pisar las líneas, contar del cien al cero para dormir y tratar de acordarme al día siguiente en qué numero me dormí, salir a caminar en las mañanas frías y sentir ese cómodo fresco en la nariz, ver discusiones entre enamorados, calcular cuántas canciones me va a tomar llegar a algún sitio, las comidas picantes, el olor de las sábanas recién lavadas, aprenderme diálogos cinematográficos y repetirlos, morder, la incertidumbre, el dolor de un tatuaje, el color negro, enterrar mis pies en la orilla del mar y sentir un mareo cuando la ola se aleja, Londres, la voz de mi papá, contar mis pasos, contar más bien cualquier cosa, ver fotografías viejas, los museos de arte moderno, despertar en medio de un sueño y continuarlo cuando vuelvo a dormir, los días en los que pasa lo que menos me imagino, los ojos grandes, las canciones tristes, usar mis converse aleopardados en ocasiones de importancia, las caricias en la nuca, las noches de juerga que terminan cuando sale el sol, mirar el reloj y que la hora y los minutos sean iguales, leer una frase y sentir que abro más los ojos, leer sobre el signo zodiacal de ese que me gusta, saber a que sabe ese mismo al despertar, comer dulce cuando bebo cerveza, las calaveras de azúcar, sonsacar, el queso, el Guernica, buscar las tumbas más antiguas en los cementerios, encoger y estirar los dedos de los pies cuando estoy nerviosa, los hombres con mentón bien marcado, soltar las manos en las montañas rusas, los dientes derechos, despertar de una pesadilla, creer que nada es casualidad, las canciones que me enchinan la piel, las frases que me cortan el aliento, escribir, observar el cielo de noche en las carreteras, hacer reír, el drama, decir malas palabras, usar las uñas cortas, no arrepentirme nunca de nada, mi timidez, los deja vu’s, la carne asada, la playa en la noche, el agua, que me pongan nerviosa, la sombra azul en la barba de los hombres, que un aroma me traiga un recuerdo, por más viejo que sea, los tennis de colores, comer a escondidas cuando estoy a dieta, las bolsas de papel, el chocolate, no bañarme los domingos, Julio Cortázar, nombres largos como Sebastián y Leonardo, probar una bebida a sabiendas que está caliente, el ardor alrededor de los labios por unos besos con barba incluida, el calor de Sonora, mis amigos, dormir hasta tarde, los besos que empiezan tiernos y terminan salvajes, adivinar los sonidos que escucho en la oscuridad mientras trato de dormir, las fotos de personas con los sesos volados, con deformidades corporales, desmembradas, descuartizadas, las películas sangrientas, hacer listas de pendientes y no utilizarlas, tomar los mismos caminos cuando manejo o cuando camino, que pronuncie mi nombre ese que me gusta, los susurros al oído, los intercambios de fluidos, las modificaciones corporales, andar descalza en un piso frío, en la tierra mojada, en la alfombra, los hombres deprimidos, los letreros de neón, pensar que el corazón está hueco y se puede llenar, caminar de la mano, la temperatura de un cuerpo recién bañado, la posibilidad del infinito…
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Las líneas rojas


Flavio había perdido diez centímetros de estatura. Se dio cuenta cuando apretó los dedos de los pies para que sus mocasines negros pudieran permanecer en su lugar. En ese momento, el siempre abatido y cabizbajo Flavio no sabía que su 1.70 metros eran ahora 1.60, pero cada paso que arrastraba le repiqueteaba en su cabeza que algo anormal sucedía en él.

El regreso a casa no tuvo ningún otro contratiempo. Incluso el día en el consultorio no se destacó por inusual. Rayos X y niños temerosos, la misma perorata de siempre: —Es como si le tomaras una foto a tus huesitos—repetía Flavio una y otra vez, desde hacía ya más de diez años.

Sentado en la orilla de su cama, observó sus pies tratando de detectar un cambio. No entendía bien lo que pasaba, su pensamiento lógico no le permitía tomar en cuenta una alternativa tan anti natura como el encogerse. Culpó a sus muy delgados calcetines de la incomodidad en su calzado.

Esa misma noche, y tan inconsciente como el respirar, Flavio se paró de puntillas para alcanzar el café en la alacena. Lo tomó como lo toma siempre, negro, sin endulzar, soso, en una taza roja. De vuelta en su habitación, se puso su pijama y durmió del mismo lado que todas las noches.

A la mañana siguiente, las mangas de la camisa le llegaron a la mitad de sus manos. Sabía de casos en los que la ropa se hacía pequeña, e incluso cambiaba de color, pero no conocía ninguno en el que aumentara de tamaño. Esta vez, culpó a su dieta.

Usó una camisa de manga corta y caminó con frío y arrastrando los mocasines. Sus hombros delgados apenas daban forma a la prenda color gris que se vio forzado a portar ese día. Pero ahora ese cuerpo un tanto empequeñecido se adaptaba mejor al espíritu menguado que habitaba ese ser lento y suspirante.

Su rutina lo encaminó de nuevo a la alacena. Pasmado, Flavio no pudo alcanzar el frasco de café. Esta vez no había nada a qué culpar.

Caminó apresurado, porque no podría decirse que corrió, al espejo de su habitación. Se desnudó y al hacerlo sintió una incomodidad, casi pena consigo mismo, y se observó de pies a cabeza. Se vio transformado, no más flaco, no lánguido, simplemente más pequeño.

Permaneció de pie frente a su reflejo. Sintió un tirón en su pecho y se fue a la cama. Era la primera vez que se acostaba desnudo en ella. Sentía como si dentro de su cuerpo hubiera cientos de manos que le apretaban cada uno de sus huesos. Se quedó dormido con las manos entrelazadas.

Se soñó sentado en el sillón donde todas las noches tomaba café, la televisión encendida en el canal de costumbre, la taza frente a él, inalcanzable, en la mesita de al lado. Él era ya una pequeña figurilla, un soldadito de juguete que lloraba con las manos en la cara, su voz era un chillido imperceptible, no hacía nada, solo esperaba sentado en la orilla del inmenso asiento.

Despertó sobresaltado y tiró de un jalón las sábanas para observar su cuerpo. No estaba seguro si había cambiado desde la noche anterior, ni siquiera sabía desde cuándo había comenzado su cambio. No tuvo más remedio que pararse de espaldas a la pared y trazar una línea color rojo sobre su cabeza.

Tomó su cinta de medir y ahí fue cuando se percató de sus diez centímetros menos. Preguntarse cómo había pasado sería como preguntarse a qué había venido al mundo, y eso era algo que Flavio nunca se cuestionaba. Solo marcó una línea roja sobre la pared blanca, enseguida el número 1.60.

Enrolló cuidadosamente sus mangas, engrapó sus pantalones y con tres pares de calcetines rodeando sus pies se dirigió a su consultorio. Se sentía como en su cumpleaños, con la sensación chocante de que todas las miradas se dirigirían hacia él, pero nada pasó. Le extrañaba demasiado que nadie se percatara de que se estaba encogiendo.

El aire dentro de la pequeña sala de rayos X estaba caliente, seco, como si el aliento de cientos de bocas impregnara el lugar. Rayos X. Flavio miró el letrero y podría haber apostado que su disminución de centímetros se debía a los años frente a esa máquina radiactiva. —Soy un mutante—dijo en voz alta.

Flavio siempre había pensado en los mutantes como seres deformes, horrendos, pero nunca imaginó que viviría el resto de su existencia como uno de ellos. Y Flavio trabajó todo el día, no corrió a ver al doctor, no le dijo a nadie lo que le pasaba, aunque ese hecho haya sido lo único digno de contarse en su vida.

Camino a su casa pensaba mil y una formas de evitar su repentino enanismo. No le preocupaba cambiar de tamaño, lo único que temía era desaparecer por completo, estar sentado a la orilla del sillón sin alcanzar su taza de café y llorando con voz imperceptible.

No volvió a ir más al trabajo. Los días de Flavio se limitaron a medirse con el lápiz rojo. Las paredes de su casa parecían los muros de la celda de un reo esperando su regreso al mundo. No había rincón que no tuviera en el una línea roja y un número, el más pequeño que se encontraba, si se observaba con atención, eran los 53 centímetros. No volvió a estar tranquilo, cada dos o tres pasos una línea, cada dos o tres pasos, un número.

Su casa se veía ahora inundada de bancos de todos tamaños, en todas partes: a un lado de la alacena, frente a la estufa, en su closet… las sillitas aumentaban y su tamaño disminuía. Tampoco era raro ver colillas de lápices rojos, pedacitos de madera regados por el piso, cómplices de una existencia cada vez más microscópica.

No había día en el que Flavio no se encogiera.

La mañana en la que se encontró cara a cara con un ratón, recordó los días en los que realmente deseaba desaparecer, mucho antes de los rayos x, mucho antes de medir diez centímetros y que su compañía fueran basurillas color rojo y decenas de bancos.

Pero los ojos apurados del roedor le confirmaron todo lo contrario. Estar al ras del suelo no era su idea de esfumarse. Ya no sabía cuánto medía, ya no podía sostener un lápiz, era esperar sin poder hacer nada.

Esa noche, tras un esfuerzo gigante, logró subirse al sillón donde tomaba café, la televisión seguía encendida desde quién sabe qué día, en el canal de costumbre, a su lado, la mesita con la taza roja. No pudo hacer otra cosa más que llorar con un chillido imperceptible.

 A la mañana siguiente, con el sol iluminando la capa tornasol sobre el café en la taza, sólo se observaba un sillón vacío.
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La Luciérnaga


La luciérnaga se gesta en los infiernos. Su naturaleza es malévola, y los pocos hombres que han podido verla directamente a los ojos dan razón de ello. Se siente como si una mano te estrangulara desde adentro, dijo uno. El otro: Cuando nos vimos, mil pedacitos de cristal comenzaron a meterse entre mis uñas.
            Y es que esa alquimia luciferina con la que nacen embarradas sus barrigas y que las disfraza de bondad, de sueño y de felicidad es un anzuelo despiadado e irresistible para los machos de su especie.
            Pero la luciérnaga se ha puesto en huelga. Sus razones: el descrédito que canciones, poemas, cuentos y demás artes le han brindado a su género.
            Incapaz de ponerse al tú por tú con la naturaleza, volcó su rabia contra sus compañeros y hasta contra sus retoños. Y es que sencillamente no estaban en igualdad de condiciones.
            Ellos tienen alas; ellas son unos viles gusanos que aún con su resplandor maravilloso tienen que arrastrarse entre la porquería, escalar hasta lo más alto de los árboles y permanecer con el vientre encendido hacia el cielo para que alguien perciba esa necesidad de fecundación que tenemos todos los seres vivientes.
            Ella, dadora de vida, conservadora de la especie, pero rastrera e incapaz de volar; desconocida por el mundo, confundida con un simple gusano, está en huelga.
            A ellos todos los recuerdan, inspiran deseos y la gente corre tras de ellos para atraparlos, para iluminar dentro de un frasco las noches eternas de los tristes y de los enamorados y de los niños que los creen estrellas caídas.
            La luciérnaga dejó su resplandor en el olvido.
            Los machos se volvieron locos, sobrevolando los parajes cálidos, planeando hasta la salida del sol en busca de algún punto luminoso que los alertara de la cópula inminente y formando una alfombra de cadáveres exhaustos sobre la maleza verde y solitaria de cualquier lugar del mundo.
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Revelación en el cuarto de baño


Las flemas flotaban en el agua del retrete como un banco de medusas con largos y venenosos filamentos.
La viscosidad de los escupitajos mantenía a flote el anillo.
Metió la mano sorteando los cuerpos gelatinosos y sacó el aro color plata. Se lo colocó en la punta del dedo.
Dio unos pasos hacia el lavabo, abrió la llave y enjabonó sus manos. Al colocarlas bajo el chorro de agua el anillo se deslizó fuera del dedo justo como se impulsan las medusas y cayó por la coladera.
A medida que caía, lo escuchaba golpear contra la tubería como si una roca cayera en un pozo sin fondo.
Introdujo dos dedos para tratar de alcanzarlo. Cerró los ojos y comenzó a empujar todo su brazo por el desagüe.
La tubería apretaba tanto que podía sentir los latidos de su corazón por todo el brazo hasta la punta de sus dedos. Entre los vellos se enredaban los residuos encostrados de jabones enmohecidos, grasa corporal y cabellos resbalosos, hasta entre las uñas se introducía una pasta que presionaba su piel cada vez más.
Con la punta de los dedos tocó el anillo, transformó sus dedos en tenazas y lo levantó. El brazo se deslizó lentamente por el drenaje. Al salir, provocó un sonido de vacío que le hizo abrir los ojos.
Justo cuando el anillo volvió a respirar, tocaron la puerta del baño. Era hora de colocar la sortija en el dedo de la novia.
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El Milagro


Cuando Lucrecia me dijo que ya no iba a volver a acostarse conmigo, sentí como si el aguijón de un alacrán se clavara en el corazón de mi orgullo.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero que ese chamaco me vaya a salir con ojos verdes como los tuyos.
Me quedé callado. Recordé las noches en las que la sorprendía sobándose las entrañas, deseando que esas manos de maga pudieran engendrar un hijo a base de puras ansias. Lucrecia anhelaba lo que yo ya tenía: Una familia.
Ah, pinche comadre le dije para hacerla enojar, porque Lucrecia odiaba cuando le decía comadre. Me mordió los labios en señal de protesta y yo comencé a comerle los senos por última vez, esos montes de punta oscura que ya no podría probar.
Al verle la cara supe que no pasaría mucho tiempo para que se le asentaran las ideas y yo volviera a estar entre sus piernas. Fui descendiendo poco a poco por su cintura y por su vientre plano hasta llegar a una maraña de vellos que de ofrecérseme completa sería la promesa de otras noches más, pero Lucrecia me apartó con una fuerza que le desconocía y se levantó.
Ella sabía que el no estar a su lado iba a ser como vivir debajo del agua, como no respirar. Me fui y la dejé llorando en silencio y con el vientre crujiendo de dolor.
            Nuestros destinos se habían unido muy tarde.

Camino a casa un coraje me incendió y no era sangre sino fuego lo que pasaba por mis venas. Mi corazón era la boca de un volcán.
Entré directo al cuarto y vi el cuerpo desnudo de mi mujer, con una sábana que se empecinaba en adherirse a sus piernas hasta casi convertirse en su piel. Me acosté a su lado y el calor tan insoportable de la noche me recordó el aliento de Lucrecia resoplando en mi cuello, en mi oído, en mi boca.
Ya casi de madrugada ese coraje se transformó en una furia que no podía contener, me llenó de rabia que quisiera abandonarme así como así y que le echara la culpa a mis ojos verdes de no poder estar juntos como desde hacía ya tanto.
Arrebaté la sábana que cubría a mi mujer. Estaba desnuda. La observé por largo rato, deseando que sintiera el picotazo de mi mirada en su nuca, pero no reaccionó. Ella era verdaderamente fácil de preñar, lo demostró cuando me dio un hijo la primera vez que me acosté con ella. A veces me daba miedo siquiera tocarla. Pero en ese momento, eso era lo que deseaba que sucediera.
 Comencé a meter mis dedos entre sus nalgas. Respiré el olor de su cabello y lo comparé inmediatamente con el de Lucrecia, uno era la tierra, el otro era el cielo. Mis dedos resbalaron hacia su profundidad y ella se despertó con un estremecimiento, exclamó mi nombre con una satisfacción adormilada y me aceptó así, sin más, como si hubiera estado esperándome toda la noche.
Desnudarme fue muy pesado, la ropa se aferraba a mi cuerpo para advertirme que ni todos los besos ni todos los mordiscos que asestaba en sus hombros iban a saberme igual a los de Lucrecia. Usé mi esfuerzo y mis mañas para introducirme en ella de espaldas. Se resistía tanto que yo estaba exhausto aún antes de empezar. A mi me daba igual ver o no a la cara a una mujer mientras la gozo, pero a ella le encantaba. Cedió y logré penetrarla como si fuera cualquiera, esa noche no quería ningún nombre, ninguna cara.
No pude evitarlo, al inundar a mi mujer, sólo pude imaginar que estaba dándole un hijo a Lucrecia.
Lo hice a manera de venganza. Quería demostrarle que yo sí podía y que ella sería siempre la infeliz, sin hijos y sin mí.

Nueve meses después, tenía en mis brazos a nuestro segundo hijo.
En esos días, mi compadre fue a la casa a conocer al niño, sin Lucrecia. Cuando lo vi llegar sentí algo que bien pudo haber sido culpa, pero no por él, sino por ella. Me la imaginé llorando su soledad, abandonada a ratos y con una esperanza perenne.
—No sé qué pasa con Lucrecia—me dijo el compadre. No me gustaba hablar de ella con él, sentía que mi cara le enseñaba mis ganas de tenerla y le gritaban nuestro secreto.
—¿Con lo del chamaco?—contesté.
—Sí, ya es mucho tiempo y nada. Ya ves, ustedes ya tuvieron otro antes que nosotros.
—Algo has de andar haciendo mal, compadre. Además, quién te manda trabajar en el otro pueblo, te la pasas de aquí para allá, acuérdate que no hay nada peor para una mujer casada que la soledad…
—De algo tenemos que vivir. Pobre Lucrecia, yo ya no sé qué hacer.
—Llévala con la hierbera, ya ves que ella cree en esas cosas.
— ¿Con Rosaura? Estás loco, eso no sirve.
—Tú llévala, quién sabe, tal vez ocurra un milagro —le dije mientras el llanto del niño me obligaba a levantarme.
Pero la verdad es que yo no quería que algo parecido a un milagro les ocurriera. Mi compadre me ganó a Lucrecia a la mala muchos años atrás. Pero ni la mujer de uno, ni los hijos ni ningún hombre nunca han podido detener lo que el destino marca desde que uno llega a la tierra. Yo estaba decidido a hacer lo que estuviera en mis manos para volver a estar con ella.

A los pocos días, me encontré con Lucrecia en el mercado. La vi merodeando el puesto de Rosaura, quién sabe si por casualidad o porque le dijo mi compadre. Al acercarme, la hierbera me miró con ojos de cómplice y yo clavé mi vista en el suelo. Sentí que una mirada en falso me delataría.
            Al tener a Lucrecia tan cerca después de tanto tiempo sentí que su olor se me metía en la nariz y me ponía blandita cada parte del cuerpo. No me extrañaba que alguna vez se le hubiera ocurrido embrujarme frotándose algo en sus labios para plantarme unos besos repletos de hierba.
Cargaba cajas y bolsas con comida y me ofrecí a acompañarla a su casa. En el camino me preguntó por el recién nacido y excusó con tonterías el no haber ido a conocerlo todavía. Yo solamente observaba su piel y su cabello y me sentí como encendido por dentro.
Al entrar sentí su casa muy grande. Mientras hablábamos, nuestras voces retumbaban en la soledad de un espacio que nos contenía y nos había escuchado ya tantas veces.
Lucrecia me miraba como buscando un cambio, revisando que yo estuviera igual que como me dejó. Me recorrió completamente con sus ojos grandes y su mirada triste y con una respiración que para mí sólo podía significar una cosa.
Me coloqué detrás de ella y empecé a palparla por encima de su ropa. Mordí su cabello y besé la tela de su vestido. No encontraba la manera de apretarla más contra mí.   
            Me alejó cuando le subí la falda.
            Nunca te ha pasado nada, nunca insistí mientras me volvía a acercar.
            —No puedo. Rosaura me dio unas hierbas y no puedo arriesgarme.
            —Ten un hijo mío.
            —Tus ojos... —dijo como si le doliera la voz al contestar.
            Volví a sentir aquel coraje de hacía meses.
            Lucrecia se atrevió a pedirme un favor.
            Necesito que hables con él y lo convenzas de ir también con Rosaura. A mí no me va a hacer caso. Dile tú, ella se encargará de lo demás.
No contesté nada y me fui.

—A mí se me hace que la comadre te está viendo la cara de pendejo—le dije mientras me empinaba otra cerveza.
—¿Qué oíste?
—Nada, pero se me hace raro que en tanto intento no le hayas atinado todavía.
—Ya te dije que la pobre es la que está mal, y le digo y le digo y es como si no le importara.
—Pues no vaya a ser que no quiera un hijo tuyo.
—Estás loco, compadre.
—Yo el otro día la vi merodeando por el puesto de Rosaura, la que vende hierbas en el mercado. Deberías ir a averiguar qué es lo que compra y de paso que te haga alguna limpia o algo para que te asegure que vas a embarazar a Lucrecia.
—Ya te dije que no creo en esas cosas.
—Yo tampoco, pero nada se pierde —le dije, mientras pedía otro trago.

A los días volví con Rosaura. Caminé por el pequeño cuarto repleto de ramas, semillas, flores y cuánta cosa se necesitaba para lograr algo que la vida misma no había podido. Yo estaba seguro que mi secreto no peligraba con ella.
            Hace rato estuvo aquí tu compadre.
            —¿Y?
            —Pues le hice una limpia, le di unos tés, pero por más que traten y traten, no va a pasar nada. Si no han podido antes, mucho menos con lo que se llevó. Hay errores que la vida se empeña en evitar.
            Nunca pensé que me atrevería a lo que tenía en mente. Pero mis ganas eran más grandes de lo que creía posible en el mundo. Ese día le pedí a Rosaura algo para mí, algo que me ayudara a estar con Lucrecia de nuevo. Ella no se negó.

            Una noche de mucho frío me atreví a pasar por su casa. Me asomé tan callado como una sombra para ver si mi compadre estaba con ella. Apenas alcancé a verla, sola, pero más que el verla, fueron sus lloridos los que me encendieron el alma.
La puerta estaba entreabierta y yo crucé de nuevo el que había sido un umbral prohibido los últimos meses. Estaba en su cama, llore y llore, con la funda de su almohada empapada de tanta lágrima, tanta agua salada que dibujaba una aureola alrededor de su cabeza y la hacía parecer una santa.
            No le pregunté nada. Dejé caer suavemente una cobija sobre su cuerpo tembloroso y me fui.
            A la noche siguiente, esperé que mi casa entera durmiera para salir así como lo hacía antes. Llevaba en mis manos las hierbas que me había dado Rosaura, las apretaba tan fuerte que sentía mis latidos en cada uno de los dedos.
            Encontré a Lucrecia en la misma posición. —Voy a prepararnos un té —le dije desde la puerta de su cuarto. No contestó palabra.
            Llegué con dos tazas y me senté a su lado. Me dijo con la voz más triste que ya no quería nada de tés, que las hierbas no la ayudaron y que quería morirse.
            Me tomé el té de un trago. Lo sentí bajar como lava por mi garganta, sentí que me recorría veloz por todo el cuerpo y que me volvía la sangre espesa, dolorosa, como si fuera de otro hombre.
            Besé a Lucrecia por primera vez desde aquella noche calurosa en la que engendré a mi hijo. Reaccionó con las pocas fuerzas que le quedaban. Comencé a recorrerla como un desesperado, mis dos manos no eran suficiente para aquel cuerpo que sentía inmenso de tanto que lo deseaba.
            Mis besos parecieron inyectarle vida, esa vida que tanto quería crear dentro de ella. Volvimos a ser los mismos de antes, dos cuerpos envueltos en un secreto, dándole gusto al destino por unos breves momentos.
            Le abrí las piernas y ella comenzó a patalear, a rasguñarme y a gritar.
            Te voy a dar un hijo.
            —No quiero tus ojos contestó casi vencida.
            La miré tan fijamente como pude, la miré como nunca había mirado a una mujer mientras la gozaba.
            No supo qué decir cuando vio mis ojos más oscuros que la noche fría que azotaba nuestros cuerpos. Su mirada me lo dijo todo. La penetré con toda la fuerza contenida en tantos meses. Ella se aferró a mí con sus brazos y sus piernas, tenía una sonrisa que hacía mucho no le había visto.
            En ese momento, Lucrecia y yo engendramos un milagro y compartimos otro secreto.
           
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