Cuando Lucrecia me dijo que ya no iba a volver a acostarse conmigo, sentí como si el aguijón de un alacrán se clavara en el corazón de mi orgullo.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero que ese chamaco me vaya a salir con ojos verdes como los tuyos.
Me quedé callado. Recordé las noches en las que la sorprendía sobándose las entrañas, deseando que esas manos de maga pudieran engendrar un hijo a base de puras ansias. Lucrecia anhelaba lo que yo ya tenía: Una familia.
—Ah, pinche comadre —le dije para hacerla enojar, porque Lucrecia odiaba cuando le decía comadre. Me mordió los labios en señal de protesta y yo comencé a comerle los senos por última vez, esos montes de punta oscura que ya no podría probar.
Al verle la cara supe que no pasaría mucho tiempo para que se le asentaran las ideas y yo volviera a estar entre sus piernas. Fui descendiendo poco a poco por su cintura y por su vientre plano hasta llegar a una maraña de vellos que de ofrecérseme completa sería la promesa de otras noches más, pero Lucrecia me apartó con una fuerza que le desconocía y se levantó.
Ella sabía que el no estar a su lado iba a ser como vivir debajo del agua, como no respirar. Me fui y la dejé llorando en silencio y con el vientre crujiendo de dolor.
Nuestros destinos se habían unido muy tarde.
Camino a casa un coraje me incendió y no era sangre sino fuego lo que pasaba por mis venas. Mi corazón era la boca de un volcán.
Entré directo al cuarto y vi el cuerpo desnudo de mi mujer, con una sábana que se empecinaba en adherirse a sus piernas hasta casi convertirse en su piel. Me acosté a su lado y el calor tan insoportable de la noche me recordó el aliento de Lucrecia resoplando en mi cuello, en mi oído, en mi boca.
Ya casi de madrugada ese coraje se transformó en una furia que no podía contener, me llenó de rabia que quisiera abandonarme así como así y que le echara la culpa a mis ojos verdes de no poder estar juntos como desde hacía ya tanto.
Arrebaté la sábana que cubría a mi mujer. Estaba desnuda. La observé por largo rato, deseando que sintiera el picotazo de mi mirada en su nuca, pero no reaccionó. Ella era verdaderamente fácil de preñar, lo demostró cuando me dio un hijo la primera vez que me acosté con ella. A veces me daba miedo siquiera tocarla. Pero en ese momento, eso era lo que deseaba que sucediera.
Comencé a meter mis dedos entre sus nalgas. Respiré el olor de su cabello y lo comparé inmediatamente con el de Lucrecia, uno era la tierra, el otro era el cielo. Mis dedos resbalaron hacia su profundidad y ella se despertó con un estremecimiento, exclamó mi nombre con una satisfacción adormilada y me aceptó así, sin más, como si hubiera estado esperándome toda la noche.
Desnudarme fue muy pesado, la ropa se aferraba a mi cuerpo para advertirme que ni todos los besos ni todos los mordiscos que asestaba en sus hombros iban a saberme igual a los de Lucrecia. Usé mi esfuerzo y mis mañas para introducirme en ella de espaldas. Se resistía tanto que yo estaba exhausto aún antes de empezar. A mi me daba igual ver o no a la cara a una mujer mientras la gozo, pero a ella le encantaba. Cedió y logré penetrarla como si fuera cualquiera, esa noche no quería ningún nombre, ninguna cara.
No pude evitarlo, al inundar a mi mujer, sólo pude imaginar que estaba dándole un hijo a Lucrecia.
Lo hice a manera de venganza. Quería demostrarle que yo sí podía y que ella sería siempre la infeliz, sin hijos y sin mí.
Nueve meses después, tenía en mis brazos a nuestro segundo hijo.
En esos días, mi compadre fue a la casa a conocer al niño, sin Lucrecia. Cuando lo vi llegar sentí algo que bien pudo haber sido culpa, pero no por él, sino por ella. Me la imaginé llorando su soledad, abandonada a ratos y con una esperanza perenne.
—No sé qué pasa con Lucrecia—me dijo el compadre. No me gustaba hablar de ella con él, sentía que mi cara le enseñaba mis ganas de tenerla y le gritaban nuestro secreto.
—¿Con lo del chamaco?—contesté.
—Sí, ya es mucho tiempo y nada. Ya ves, ustedes ya tuvieron otro antes que nosotros.
—Algo has de andar haciendo mal, compadre. Además, quién te manda trabajar en el otro pueblo, te la pasas de aquí para allá, acuérdate que no hay nada peor para una mujer casada que la soledad…
—De algo tenemos que vivir. Pobre Lucrecia, yo ya no sé qué hacer.
—Llévala con la hierbera, ya ves que ella cree en esas cosas.
— ¿Con Rosaura? Estás loco, eso no sirve.
—Tú llévala, quién sabe, tal vez ocurra un milagro —le dije mientras el llanto del niño me obligaba a levantarme.
Pero la verdad es que yo no quería que algo parecido a un milagro les ocurriera. Mi compadre me ganó a Lucrecia a la mala muchos años atrás. Pero ni la mujer de uno, ni los hijos ni ningún hombre nunca han podido detener lo que el destino marca desde que uno llega a la tierra. Yo estaba decidido a hacer lo que estuviera en mis manos para volver a estar con ella.
A los pocos días, me encontré con Lucrecia en el mercado. La vi merodeando el puesto de Rosaura, quién sabe si por casualidad o porque le dijo mi compadre. Al acercarme, la hierbera me miró con ojos de cómplice y yo clavé mi vista en el suelo. Sentí que una mirada en falso me delataría.
Al tener a Lucrecia tan cerca después de tanto tiempo sentí que su olor se me metía en la nariz y me ponía blandita cada parte del cuerpo. No me extrañaba que alguna vez se le hubiera ocurrido embrujarme frotándose algo en sus labios para plantarme unos besos repletos de hierba.
Cargaba cajas y bolsas con comida y me ofrecí a acompañarla a su casa. En el camino me preguntó por el recién nacido y excusó con tonterías el no haber ido a conocerlo todavía. Yo solamente observaba su piel y su cabello y me sentí como encendido por dentro.
Al entrar sentí su casa muy grande. Mientras hablábamos, nuestras voces retumbaban en la soledad de un espacio que nos contenía y nos había escuchado ya tantas veces.
Lucrecia me miraba como buscando un cambio, revisando que yo estuviera igual que como me dejó. Me recorrió completamente con sus ojos grandes y su mirada triste y con una respiración que para mí sólo podía significar una cosa.
Me coloqué detrás de ella y empecé a palparla por encima de su ropa. Mordí su cabello y besé la tela de su vestido. No encontraba la manera de apretarla más contra mí.
Me alejó cuando le subí la falda.
—Nunca te ha pasado nada, nunca — insistí mientras me volvía a acercar.
—No puedo. Rosaura me dio unas hierbas y no puedo arriesgarme.
—Ten un hijo mío.
—Tus ojos... —dijo como si le doliera la voz al contestar.
Volví a sentir aquel coraje de hacía meses.
Lucrecia se atrevió a pedirme un favor.
—Necesito que hables con él y lo convenzas de ir también con Rosaura. A mí no me va a hacer caso. Dile tú, ella se encargará de lo demás.
No contesté nada y me fui.
—A mí se me hace que la comadre te está viendo la cara de pendejo—le dije mientras me empinaba otra cerveza.
—¿Qué oíste?
—Nada, pero se me hace raro que en tanto intento no le hayas atinado todavía.
—Ya te dije que la pobre es la que está mal, y le digo y le digo y es como si no le importara.
—Pues no vaya a ser que no quiera un hijo tuyo.
—Estás loco, compadre.
—Yo el otro día la vi merodeando por el puesto de Rosaura, la que vende hierbas en el mercado. Deberías ir a averiguar qué es lo que compra y de paso que te haga alguna limpia o algo para que te asegure que vas a embarazar a Lucrecia.
—Ya te dije que no creo en esas cosas.
—Yo tampoco, pero nada se pierde —le dije, mientras pedía otro trago.
A los días volví con Rosaura. Caminé por el pequeño cuarto repleto de ramas, semillas, flores y cuánta cosa se necesitaba para lograr algo que la vida misma no había podido. Yo estaba seguro que mi secreto no peligraba con ella.
—Hace rato estuvo aquí tu compadre.
—¿Y?
—Pues le hice una limpia, le di unos tés, pero por más que traten y traten, no va a pasar nada. Si no han podido antes, mucho menos con lo que se llevó. Hay errores que la vida se empeña en evitar.
Nunca pensé que me atrevería a lo que tenía en mente. Pero mis ganas eran más grandes de lo que creía posible en el mundo. Ese día le pedí a Rosaura algo para mí, algo que me ayudara a estar con Lucrecia de nuevo. Ella no se negó.
Una noche de mucho frío me atreví a pasar por su casa. Me asomé tan callado como una sombra para ver si mi compadre estaba con ella. Apenas alcancé a verla, sola, pero más que el verla, fueron sus lloridos los que me encendieron el alma.
La puerta estaba entreabierta y yo crucé de nuevo el que había sido un umbral prohibido los últimos meses. Estaba en su cama, llore y llore, con la funda de su almohada empapada de tanta lágrima, tanta agua salada que dibujaba una aureola alrededor de su cabeza y la hacía parecer una santa.
No le pregunté nada. Dejé caer suavemente una cobija sobre su cuerpo tembloroso y me fui.
A la noche siguiente, esperé que mi casa entera durmiera para salir así como lo hacía antes. Llevaba en mis manos las hierbas que me había dado Rosaura, las apretaba tan fuerte que sentía mis latidos en cada uno de los dedos.
Encontré a Lucrecia en la misma posición. —Voy a prepararnos un té —le dije desde la puerta de su cuarto. No contestó palabra.
Llegué con dos tazas y me senté a su lado. Me dijo con la voz más triste que ya no quería nada de tés, que las hierbas no la ayudaron y que quería morirse.
Me tomé el té de un trago. Lo sentí bajar como lava por mi garganta, sentí que me recorría veloz por todo el cuerpo y que me volvía la sangre espesa, dolorosa, como si fuera de otro hombre.
Besé a Lucrecia por primera vez desde aquella noche calurosa en la que engendré a mi hijo. Reaccionó con las pocas fuerzas que le quedaban. Comencé a recorrerla como un desesperado, mis dos manos no eran suficiente para aquel cuerpo que sentía inmenso de tanto que lo deseaba.
Mis besos parecieron inyectarle vida, esa vida que tanto quería crear dentro de ella. Volvimos a ser los mismos de antes, dos cuerpos envueltos en un secreto, dándole gusto al destino por unos breves momentos.
Le abrí las piernas y ella comenzó a patalear, a rasguñarme y a gritar.
—Te voy a dar un hijo.
—No quiero tus ojos —contestó casi vencida.
La miré tan fijamente como pude, la miré como nunca había mirado a una mujer mientras la gozaba.
No supo qué decir cuando vio mis ojos más oscuros que la noche fría que azotaba nuestros cuerpos. Su mirada me lo dijo todo. La penetré con toda la fuerza contenida en tantos meses. Ella se aferró a mí con sus brazos y sus piernas, tenía una sonrisa que hacía mucho no le había visto.
En ese momento, Lucrecia y yo engendramos un milagro y compartimos otro secreto.

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