Las flemas flotaban en el agua del retrete como un banco de medusas con largos y venenosos filamentos.
La viscosidad de los escupitajos mantenía a flote el anillo.
Metió la mano sorteando los cuerpos gelatinosos y sacó el aro color plata. Se lo colocó en la punta del dedo.
Dio unos pasos hacia el lavabo, abrió la llave y enjabonó sus manos. Al colocarlas bajo el chorro de agua el anillo se deslizó fuera del dedo justo como se impulsan las medusas y cayó por la coladera.
A medida que caía, lo escuchaba golpear contra la tubería como si una roca cayera en un pozo sin fondo.
Introdujo dos dedos para tratar de alcanzarlo. Cerró los ojos y comenzó a empujar todo su brazo por el desagüe.
La tubería apretaba tanto que podía sentir los latidos de su corazón por todo el brazo hasta la punta de sus dedos. Entre los vellos se enredaban los residuos encostrados de jabones enmohecidos, grasa corporal y cabellos resbalosos, hasta entre las uñas se introducía una pasta que presionaba su piel cada vez más.
Con la punta de los dedos tocó el anillo, transformó sus dedos en tenazas y lo levantó. El brazo se deslizó lentamente por el drenaje. Al salir, provocó un sonido de vacío que le hizo abrir los ojos.
Justo cuando el anillo volvió a respirar, tocaron la puerta del baño. Era hora de colocar la sortija en el dedo de la novia.

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