La luciérnaga se gesta en los infiernos. Su naturaleza es malévola, y los pocos hombres que han podido verla directamente a los ojos dan razón de ello. Se siente como si una mano te estrangulara desde adentro, dijo uno. El otro: Cuando nos vimos, mil pedacitos de cristal comenzaron a meterse entre mis uñas.
Y es que esa alquimia luciferina con la que nacen embarradas sus barrigas y que las disfraza de bondad, de sueño y de felicidad es un anzuelo despiadado e irresistible para los machos de su especie.
Pero la luciérnaga se ha puesto en huelga. Sus razones: el descrédito que canciones, poemas, cuentos y demás artes le han brindado a su género.
Incapaz de ponerse al tú por tú con la naturaleza, volcó su rabia contra sus compañeros y hasta contra sus retoños. Y es que sencillamente no estaban en igualdad de condiciones.
Ellos tienen alas; ellas son unos viles gusanos que aún con su resplandor maravilloso tienen que arrastrarse entre la porquería, escalar hasta lo más alto de los árboles y permanecer con el vientre encendido hacia el cielo para que alguien perciba esa necesidad de fecundación que tenemos todos los seres vivientes.
Ella, dadora de vida, conservadora de la especie, pero rastrera e incapaz de volar; desconocida por el mundo, confundida con un simple gusano, está en huelga.
A ellos todos los recuerdan, inspiran deseos y la gente corre tras de ellos para atraparlos, para iluminar dentro de un frasco las noches eternas de los tristes y de los enamorados y de los niños que los creen estrellas caídas.
La luciérnaga dejó su resplandor en el olvido.
Los machos se volvieron locos, sobrevolando los parajes cálidos, planeando hasta la salida del sol en busca de algún punto luminoso que los alertara de la cópula inminente y formando una alfombra de cadáveres exhaustos sobre la maleza verde y solitaria de cualquier lugar del mundo.

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