Flavio había perdido diez centímetros de estatura. Se dio cuenta cuando apretó los dedos de los pies para que sus mocasines negros pudieran permanecer en su lugar. En ese momento, el siempre abatido y cabizbajo Flavio no sabía que su 1.70 metros eran ahora 1.60, pero cada paso que arrastraba le repiqueteaba en su cabeza que algo anormal sucedía en él.
El regreso a casa no tuvo ningún otro contratiempo. Incluso el día en el consultorio no se destacó por inusual. Rayos X y niños temerosos, la misma perorata de siempre: —Es como si le tomaras una foto a tus huesitos—repetía Flavio una y otra vez, desde hacía ya más de diez años.
Sentado en la orilla de su cama, observó sus pies tratando de detectar un cambio. No entendía bien lo que pasaba, su pensamiento lógico no le permitía tomar en cuenta una alternativa tan anti natura como el encogerse. Culpó a sus muy delgados calcetines de la incomodidad en su calzado.
Esa misma noche, y tan inconsciente como el respirar, Flavio se paró de puntillas para alcanzar el café en la alacena. Lo tomó como lo toma siempre, negro, sin endulzar, soso, en una taza roja. De vuelta en su habitación, se puso su pijama y durmió del mismo lado que todas las noches.
A la mañana siguiente, las mangas de la camisa le llegaron a la mitad de sus manos. Sabía de casos en los que la ropa se hacía pequeña, e incluso cambiaba de color, pero no conocía ninguno en el que aumentara de tamaño. Esta vez, culpó a su dieta.
Usó una camisa de manga corta y caminó con frío y arrastrando los mocasines. Sus hombros delgados apenas daban forma a la prenda color gris que se vio forzado a portar ese día. Pero ahora ese cuerpo un tanto empequeñecido se adaptaba mejor al espíritu menguado que habitaba ese ser lento y suspirante.
Su rutina lo encaminó de nuevo a la alacena. Pasmado, Flavio no pudo alcanzar el frasco de café. Esta vez no había nada a qué culpar.
Caminó apresurado, porque no podría decirse que corrió, al espejo de su habitación. Se desnudó y al hacerlo sintió una incomodidad, casi pena consigo mismo, y se observó de pies a cabeza. Se vio transformado, no más flaco, no lánguido, simplemente más pequeño.
Permaneció de pie frente a su reflejo. Sintió un tirón en su pecho y se fue a la cama. Era la primera vez que se acostaba desnudo en ella. Sentía como si dentro de su cuerpo hubiera cientos de manos que le apretaban cada uno de sus huesos. Se quedó dormido con las manos entrelazadas.
Se soñó sentado en el sillón donde todas las noches tomaba café, la televisión encendida en el canal de costumbre, la taza frente a él, inalcanzable, en la mesita de al lado. Él era ya una pequeña figurilla, un soldadito de juguete que lloraba con las manos en la cara, su voz era un chillido imperceptible, no hacía nada, solo esperaba sentado en la orilla del inmenso asiento.
Despertó sobresaltado y tiró de un jalón las sábanas para observar su cuerpo. No estaba seguro si había cambiado desde la noche anterior, ni siquiera sabía desde cuándo había comenzado su cambio. No tuvo más remedio que pararse de espaldas a la pared y trazar una línea color rojo sobre su cabeza.
Tomó su cinta de medir y ahí fue cuando se percató de sus diez centímetros menos. Preguntarse cómo había pasado sería como preguntarse a qué había venido al mundo, y eso era algo que Flavio nunca se cuestionaba. Solo marcó una línea roja sobre la pared blanca, enseguida el número 1.60.
Enrolló cuidadosamente sus mangas, engrapó sus pantalones y con tres pares de calcetines rodeando sus pies se dirigió a su consultorio. Se sentía como en su cumpleaños, con la sensación chocante de que todas las miradas se dirigirían hacia él, pero nada pasó. Le extrañaba demasiado que nadie se percatara de que se estaba encogiendo.
El aire dentro de la pequeña sala de rayos X estaba caliente, seco, como si el aliento de cientos de bocas impregnara el lugar. Rayos X. Flavio miró el letrero y podría haber apostado que su disminución de centímetros se debía a los años frente a esa máquina radiactiva. —Soy un mutante—dijo en voz alta.
Flavio siempre había pensado en los mutantes como seres deformes, horrendos, pero nunca imaginó que viviría el resto de su existencia como uno de ellos. Y Flavio trabajó todo el día, no corrió a ver al doctor, no le dijo a nadie lo que le pasaba, aunque ese hecho haya sido lo único digno de contarse en su vida.
Camino a su casa pensaba mil y una formas de evitar su repentino enanismo. No le preocupaba cambiar de tamaño, lo único que temía era desaparecer por completo, estar sentado a la orilla del sillón sin alcanzar su taza de café y llorando con voz imperceptible.
No volvió a ir más al trabajo. Los días de Flavio se limitaron a medirse con el lápiz rojo. Las paredes de su casa parecían los muros de la celda de un reo esperando su regreso al mundo. No había rincón que no tuviera en el una línea roja y un número, el más pequeño que se encontraba, si se observaba con atención, eran los 53 centímetros. No volvió a estar tranquilo, cada dos o tres pasos una línea, cada dos o tres pasos, un número.
Su casa se veía ahora inundada de bancos de todos tamaños, en todas partes: a un lado de la alacena, frente a la estufa, en su closet… las sillitas aumentaban y su tamaño disminuía. Tampoco era raro ver colillas de lápices rojos, pedacitos de madera regados por el piso, cómplices de una existencia cada vez más microscópica.
No había día en el que Flavio no se encogiera.
La mañana en la que se encontró cara a cara con un ratón, recordó los días en los que realmente deseaba desaparecer, mucho antes de los rayos x, mucho antes de medir diez centímetros y que su compañía fueran basurillas color rojo y decenas de bancos.
Pero los ojos apurados del roedor le confirmaron todo lo contrario. Estar al ras del suelo no era su idea de esfumarse. Ya no sabía cuánto medía, ya no podía sostener un lápiz, era esperar sin poder hacer nada.
Esa noche, tras un esfuerzo gigante, logró subirse al sillón donde tomaba café, la televisión seguía encendida desde quién sabe qué día, en el canal de costumbre, a su lado, la mesita con la taza roja. No pudo hacer otra cosa más que llorar con un chillido imperceptible.
A la mañana siguiente, con el sol iluminando la capa tornasol sobre el café en la taza, sólo se observaba un sillón vacío.

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