lunes, 11 de julio de 2011

110711

Dices que me quieres, que nadie te ha hecho sentir como yo y que tampoco nadie había hecho tanto por ti. Pero, ahora que te observo, no sé si vales la pena. Me domesticaste, me hiciste un hombre de ciudad. Y no de cualquier ciudad. Me volviste un ciudadano de Los Ángeles. Me presumiste ante tus amistades estrellas de cine, ante músico...s, artistas y demás personalidades que comenzaron a usar barba poblada y grandes cabelleras, haciendo de mí un ícono de la moda. De pronto, yo estelarizaba las películas más taquilleras del verano, amenizaba las mejores fiestas y todos querían estar a mi lado. Me volví millonario. Cambié los plátanos de mi desayuno por champaña y huevos escalfados. Comencé a usar reloj y a preocuparme por el tiempo y por mantener una buena figura y caminar derecho y usar las mejores marcas. Hasta me bronceo regularmente. Soy todo un californiano. Envolviste todo en un manto de amor y de felicidad de cuento de hadas. Y yo sólo quería complacerte, verte sonreír, retenerte a mi lado. Sin embargo, ayer que estaba cogiéndome a la sirvienta, extrañé mi lado salvaje. Extrañé andar desnudo trepado en los árboles, comer sin cubiertos, tener sexo a cualquier hora, en cualquier lugar, sin tanto protocolo y sin tanto pudor. Extrañé espulgar a mi pareja, tú no tienes nada de pelo en donde, por naturaleza, deberías tenerlo. Le temes demasiado a tu lado animal y haces todo lo posible por alejarte de él. Bastaría que pensaras, querida, que usaras ese razonamiento del que ustedes tanto presumen. Para mí, ya no eres más que una mona sin pelo y con buenas nalgas, algo tendría que adoptar de los hombres de aquí, pero que no sobreviviría en mi mundo. Es más, vamos invertir los papeles, vamos a ver qué tanto verdaderamente me quieres.
 

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

No hay comentarios: