
Fue más bien una orden disfrazada de plegaria. A los minutos ella ya estaba vestida con un traje de circo. Se paró sin miedo frente al tablón y cerró los ojos. Lo último que vio fue a él con un puñado de dagas destelleantes en sus manos. Los aplausos y un silencio súbito le indicaron que el espectáculo comenzaba. Pero las dagas prefirieron el calor invitante de su carne a la madera vieja y crujiente.

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